La comodidad de pasar en cualquier momento de la vida o apenas terminada la inocencia de la niñez a vivir en un trance absoluto de ceguera mental y de atontamiento general, es una irresponsable y deplorable forma de vida. La belleza de aquella simple flor que nos impactó tanto de niños, pasa luego a ser misteriosamente invisible. Sin embargo, tropezamos con ella durante toda la vida: en grandes batallas ganadas, dando tintura a lo opaco e incluso yacen vivas junto a lo inerte durante el cortísimo viaje entre el recuerdo y el olvido. No obstante, aquella belleza tácita que produce el estremecimiento en las entrañas de admirar lo perfecto, se vuelve invisible para muchos fantasmas que conforman familias, coronan puestos importantes e incluso logran increíblemente mantener a sus vasallos convencidos de que están vivos.
El éxodo comienza muchas veces muy temprano: Los adolescentes inician un viaje tecnológico y de apariencia explorando y creando necesidades inexistentes, mientras algunas madres también hacen lo mismo, pero centradas sobre todo en la parte que es visible a todos, en un perpetuo intento por remediar lo irremediable. Otras, se distraen en el trayecto entre ser y aparentar que se es para complacer a quienes pretenden que ellas sean y así resulta difícil mirar al otro lado de la calle a quienes no se encuentran en esta situación. Algunos maridos mientras tanto, se encuentran durante la travesía anonadados con la idea de la conquista de terrenos vírgenes e inexplorados, tratando de que los años no representen un impedimento para el itinerario. A otros, las 24 horas no les son suficientes para evaluar detenidamente pequeñeces irrelevantes para el género masculino.
En esta migración, cada quien se olvida de los demás mientras degusta su propia embriaguez. La tradición de viajar hacia lo que es tan superfluo que resulta casi irreal, se hereda de generación a generación, de manera que los nuevos miembros muchas veces mueren en el intento por entender el por qué de tanta infelicidad.
Es así la convivencia humana se ve amenazada por algunos seres inanimados que respiran, se mueven y viajan a tientas, pero que no lograron jamás asimilar sentimientos como el perdón, el amor y la sensibilidad ante el dolor ajeno.
Menos mal que mientras en la cabeza de muchos transcurre todo este ensueño fantasmagórico, hay también quienes permanecen tan extasiados como cuando niños de la belleza de las cosas y participan lúcidamente de los misterios de la existencia. Son precisamente estos los que han logrado descifrar donde se encuentran las inacabables benevolencias de la vida y descubren a diario la extraordinaria perfección de lo imperfecto.

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