A través de mis lentes: 1/2/09 - 8/2/09

sábado, 7 de febrero de 2009

Las crisis de la existencia versus crisis existenciales

Nuestra primera crisis la experimentamos durante el nacimiento. Pasamos de una acogedora estancia protegida, a un mundillo tentador que con luces de colores nos incita a creer que siempre debajo encontraremos envueltas, hermosas sorpresas con todo lo que necesitamos para ser felices. De esta manera, al inicio pareciera que vida pudiera ser simplemente maravillosa y sencilla.

Mientras divagamos por los rincones de los 20 o quizá incluso antes al doblar la esquina de los 17, nos damos cuenta que la burbuja en la que vivimos se permeabiliza y el grito de auxilio no se hace esperar ante las crisis amorosas. Aún cuando todo pareciera indicar que de esta no se sale con vida, también de esa logramos salir triunfantes y todo pasa a formar parte del baúl de los recuerdos. Otros, experimentarán un poco más tarde, una crisis matrimonial, de la cual muy probablemente, también logren salir adelante aunque un poco maltratados, aruñados y con abundante desconfianza. Luego, el hombre se adapta al entorno, en parte olvida, y la vida continúa su rumbo.

Ante una crisis existencial, la pregunta que golpea contra todos los sentidos mientras se está confundido en el gran valle de lágrimas, es sobre la misión nuestra en el planeta. Aún pareciendo imposible en el momento más crítico de la tormenta, es factible salir de aquí con buena escuela para el resto de la existencia. De esta manera, una crisis también puede significar un salir de la autopista hacia carreteras alternas; un viraje de 360 grados. La crisis financiera que hoy retumba en los oídos y sobre todo en los bolsillos (por obvias razones, en algunos más y en otros menos), pudiese entonces ser una buena oportunidad para poner a funcionar al ingenio humano y descubrir diferentes caminos, frescas experiencias y nuevas oportunidades para dar un sentido más intenso a nuestra existencia. Seguramente, sería además un buen momento para reflexionar sobre si el sistema que hemos construido para convivir con nuestros semejantes es correcto y justo.

Algunas dudas nos atropellan el juicio: Será que se nos fue la mano con el consumismo, intimamos demasiado con nuestra amiga la codicia y ahora somos presa de nuestras propias flaquezas? En qué momento nos dejamos convencer de que aquel aparatito que nació para alivianar los problemas de comunicación (me refiero al invento del celular) debía tener música, fotos y hasta internet y debía cambiarse cada cierto tiempo (por cuestiones de imagen, por supuesto)? Y cuando fue que aprendimos a ser tan dependientes de él que enviamos mensajes de texto cuando se está por llegar a una cita con algo como: estoy por llegar, si estamos a la vuelta de la esquina y llegaremos de todas maneras en menos de cinco minutos? Es aquí donde nos damos cuenta lo manipulables que somos y cómo voluntariamente y con gran placer alimentamos a quienes nadan en riquezas inimaginables aprovechándose del rebaño que mansamente se deja guiar por el pastor maestro del arte de la publicidad.

Es así como somos pasajeros frecuentes y seleccionados del tren del consumismo. Viajamos a toda velocidad por una ruta sin paradas, mientras se nos muestra todo un mundo sonriente y tentador que nos marea con la idea de que para alcanzar la felicidad completa existen cientos de aparatos y adquisiciones por las cuales debemos trabajar.

Quizá el principio de una solución sería, que un día de tantos, mientras estamos cómodamente en ese tren, tuviésemos la curiosidad de mirar hacia la otra ventanilla -allí, donde está aquel grupo amenazante que nos mira con desprecio por no poder hacer más que mirar de lejos a este vehículo y sus viajeros. Entonces, sería esperanzador para la raza humana que ese momento crucial nos provocase la crisis existencial más profunda y regeneradora de la historia de la humanidad, para que así, la vergüenza por no haber hecho lo suficiente para que este fuese un mejor lugar para vivir para todos y sin excepción, nos impidiese seguir mirándoles directamente a los ojos mientras pensamos en nuestra próxima adquisición.

domingo, 1 de febrero de 2009

Sobre la asquerosidad y los sinsabores

Hay cosas o situaciones que nos dejan una desazón enorme y un vacío simple, afónico, prácticamente inexplicable. Estas mismas cosas o situaciones en otros individuos provocan un asco físico tan profundo capaz de invadir el rincón más escondido de la moral. Apelar al asco es algo que debe hacerse no desde las entrañas de la cavidad estomacal, sino más bien desde esa pequeñísima ventaja que tenemos sobre los demás simples seres que no razonan: me refiero al cerebro.

El asco físico lo conocemos todos y reconocemos perfectamente los síntomas puesto que parece ser que es algo bastante generalizado. Pero qué hay del asco moral? Por qué algunos en lugar de sentir el asco moral sienten un sinsabor?

El sentir asco moral es una valoración subjetiva, pero a la vez es uno de los máximos desprecios del ser humano hacia sus semejantes o hacia sus acciones. Se es juez así ante el atropello de los principios éticos, pero además, se agrega una reacción personal y única, incluso corporal, ante esa infracción de lo que debe ser respetado. Yo me pregunto: será que las hormigas también se sienten asqueadas cuando una “pasada de viva” abusa de la más débil y ahorrándose distancias, le quita “prestado” el alimento? O será que ésta es una acción típica y exclusiva de los seres superiores?

Lo moralmente asqueroso nos provoca rechazo, desde luego, pero además una sensación que no es un sinsabor, sino más bien una poquedad grasienta y pegajosa, que amenaza con adherirse a la piel y dejarnos eternamente como a los cerdos en la porqueriza. Nuestras propias asquerosidades nos intimidan y nos sorprende como después de tantos remojos, aún seguimos oliendo a inmundicia.

No sentimos el asco moral frente a lo horroroso, sino ante lo ruin. Dudo por ejemplo que alguien haya sentido asco ante la noticia de la violación del niño en el albergue o ante las tantas notas de baleados que vemos todos los días en los diarios: lo que se siente es una gran rabia, consternación y una entrañable perturbación ante lo que irrumpe la fantástica armonía civilizada entre nosotros, los humanos.

Indudablemente la sensación existente es el asco (la cual vendrá acompañada seguramente de la ira) lo que experimentamos ante el político que se enriquece rápida y milagrosamente, mientras que los que lo eligieron bajan cada vez más de nivel hasta llegar a la parada final del cementerio de los obreros (si tienen suerte y no deben sufrir antes la pena de ver al rico navegar en manjares y ellos se alimentan de las sobras) o ante quien se aprovecha del desorden provocado por el exceso de almas conmovidas después de un terremoto y se mete a llevarse prestadas algunas cositas de las hogares abandonados por sus despavoridos dueños.

El punto máximo del asco nos invade cuando escuchamos a los que pretenden excusar o minimizar estos actos indecentes del ser humano en nombre de cualquier lógica que le sea útil.
El asco nace del desprecio y resulta humanamente imposible despreciar cuando se está siendo encañonado por un adolescente urgido de tu celular, mientras uno intenta continuar con vida. La inseguridad ciudadana que estamos viviendo es horrorosa, pero lamentar la situación o convertirse en el “hombre invisible” ante ella es asqueroso.

Motivos para el asco moral en este país sobran e incluso en los últimos años van en aumento. Hemos ido perdiendo la orientación del tico honesto y trabajador para transformarnos en el tico moderno, globalizado y trepador, cueste lo que cueste. Lo que no estamos tomando en cuenta, es lo terrible que sería llegar a la cumbre y morir asqueados de nuestra propia existencia cuando a través del espejo veamos los ojos acusadores de los que aplastamos en el camino por llegar a la cima de primero.